miércoles, 21 de febrero de 2018

LA SEGUIRIYA






No pretendo intentar en este corto espacio, todo lo que se conoce y se ha estudiado sobre el nacimiento de “la seguiriya”, es palo del cante que junto a “la solea” y la “bulería”, forman el entramado sobre el que se sustenta todo el bello edificio del cante flamenco.

Os diré, que la “seguriya” es un cante de desgarro, de solemnidad, de “quejío” y donde el melisma se hace pena y nos conmueve el alma. También su cante es la expresión social del hombre, todo aquello por lo que se siente sometido:

Yo no sé por donde
ni por donde no,
se me ha “liao” esta soguita al cuerpo
sin saberlo yo.


Al comienzo del siglo XIX, a este cante se le llamó “Playera”, pero su etimología no viene de playa, si no de plañidera, pues en el principio eran cantes que se ofrecían en el velatorio, para mostrar el dolor por la pérdida.

Os habrá extrañado el que no se sepa de la seguiriya hasta finales del XVIII y principios del XIX.

Al ser la seguiriya el cante “caló” por excelencia, algunos historiadores entienden que hasta que Carlos III concede libertad de movimientos a los gitanos marginados y ocultos, estos empiezan a hacerse sentir y lo hacen cantando las penas de su mal vivir pasado.

“Siempre por los rincones
te encuentro llorando
que yo no tenga libertad en mi vida
si te doy mal pago”


Como con “la solea”, el arco vital de sus comienzos se centra entre Cádiz, Jerez y Triana.

Se necesitaría mucho empeño, tiempo y dedicación a poder establecer un mínimo común denominador de la métrica de la “seguiriya”. Quiero pensar que cuando los sentimientos nacen en el corazón y suben a la garganta, las medidas sobran y se hacen portento de voz y melodía, aunque la pena ahogue.


Dice González Climent, que tanto por la quejumbre de su línea sonora como por el contenido agonista de sus coplas, la seguiriya es el cante más extremo: "no hay nada más allá de las siguiriyas. Son el salto al vacío, donde la razón humildemente tiene que atreverse a no ver, a no explicar, solamente a gritar. Tras las siguiriyas sólo cabe Dios o la Nada".

Muchos flamencólogos tienen por cierto, las similares características de las “seguidillas manchegas con las “seguiriyas flamencas”.

Es posible que en aquel tiempo, un “bato” *“calorró” *y sus “chavós”*, abandonados por “Undebel”*, fuesen a vendimiar a mi tierra, para “alachar”* “jamar”*, oyesen una seguidilla manchega, que después cantiñearon a su aire y de ese modo nació la “seguirilla flamenca”.

No pierdas la esperanza,
que aunque el pocito era jondo
la soguita alcanza.

Pero no decirlo a nadie, las manchegas me pueden hacer sonreír, pero con la seguiriya flamenca, siento que se rompen las normas y como por dentro se opera la originalidad de lo primerizo, porque el cante flamenco nunca es el mismo, se debe siempre al intérprete y a ese ángel que siempre termina por visitarle y hace posible el milagro.

En la torre está el reló
y el mochuelo en el olivo,
en mi corazón la pena:
cada cosa está en su sitio.

La “seguiriya” es un “quejío” del alma que no espera consuelo, la flagelación del sentimiento.

Y de nuevo los recuerdos. Siempre escuche de los aficionados antiguos, que Manuel Torres era el mejor cantaor por “siguirillas” conocido. No entraré en vanas disquisiciones, pero debo decir que su garganta es un portento de sensibilidad y su melisma, posteriormente copiado por grandes maestros, adorna sus cantes hasta hacerlos únicos.
Pero mejor es escucharlo, aun con los problemas del tiempo.






Del habla del caló:

*BATO.- Padre
*CALORRÓ.- Gitano
*CHAVOS.-Hijos
*UNDEBEL.- Dios
*ALACHAR.- Conseguir
* JAMAR.- Comer

jueves, 15 de febrero de 2018

LA SOLEA







Soy un convencido de que el flamenco, como cualquier modalidad de arte del sentimiento, no puede explicarse, se siente o no, te alegra o te tortura como un primer amor, no nos deja indiferentes.

Como bien dijo Manuel Machado, “es el saber popular,/que encierra todo el saber:/ que es saber sufrir, amar,/morirse y aborrecer.

Por tanto solo daré unos pequeños datos sobre este “palo” del flamenco.

Me atrevo a decir y coincido con  bastantes estudiosos que la “solea” es la piedra fundamental del flamenco.

Son cantes de tres o cuatros versos. Los de tres versos se conocen por “soleá chica”, con rima consonante o asonante, entre la primera y la tercera estrofa.

Yo sembré en una maceta
la semilla del encanto
y me salió la violeta.

Los de cuatro versos, (“soleá grande”), con rima entres las estrofas pares.

Que salga el sol o que no salga
¿Eso que me importa a mí?
si la luz que a mí me alumbra
es cuando te veo a ti.

Hay bastantes variantes de la soleá, tantas como lugares y cantaores, pero hay una línea inequívoca sobre el nacimiento y crecimiento de este cante, que se inicia en Cádiz, para seguir por Jerez y terminar en Triana.

La de Cádiz, llamadas en principio “jaleos”, tienen sabor a sal y a gracia, mientras que las de Jerez y Triana se hacen mayores con el tiempo y terminan por aceptar un serio compromiso que atiende a lo melódico y tonal.

Esa soleá ya está hecha con mimbres de dolor, desesperado sacrificio y ronco sentimiento.

Muchos han sido los poetas que han querido y logrado escribir “soleares”. Hasta yo mismo que apenas sé juntar palabras con sentido, lo he intentado. Craso error: las letras flamencas no les pertenecen a nadie, están en el aire, están en el hondo decir de los que no saben gramática y si saben de padeceres.

Corre y dile a tu maestro
el que te enseñó a querer
que te devuelva el dinero
que no te ha enseñado bien.

La soleá, no sería posible sin el acompañamiento, unas veces claro y otras sombrío que vibra y nos hace vibrar con los arpegios de una guitarra.

La guitarra, esa guapa moza que nos acompaña, mientras el “cantaor” intenta domar su pena.

Con su falseta el guitarrista comenta y enaltece lo que el cantaor añora o sufre.


Pero basta de palabras, os quería dejar un video y buscando he encontrado el que os ofrezco. Y os contaré una cosa: ese vídeo me ha hecho llorar.

Os doy la explicación, buscaba una  solea”  que en su poesía dijera todo lo que el sentimiento ordena y encontré esta de Pastora Pavón “La Niña de los Peines”. Unas “soleares” que yo había oído cantar muchas veces a mí padre.

Esta “solea”, que forma parte del repertorio de la emoción y el recuerdo, ha podido con el sosiego y no he sido capaz de domeñar los entresijos del sentimiento y mis lágrimas han sido también arpegios de guitarra, acompañando a la verdad del cante.







martes, 13 de febrero de 2018

EL DUENDE


Fotografía de Internet retocada con photoshop por el autor.




El flamenco no puede entenderse sin la magia del “duende”.

En su segunda acepción de esta palabra en el diccionario de la RAE, podéis encontrar:

Duende: encanto misterioso e inefable.

Por mucho que lo tratara, nunca podría mejorar la explicación  de este misterio, comparando a como lo hizo el poeta García Lorca en su conferencia “Teoría y juego del duende”. Pero no os preocupéis, solo copiaré una pequeña parte de esa conferencia que seguro os hará entender este misterio.

“Una vez, la “cantaora” Pastora Pavón, la Niña de los Peines, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o a Rafael el Gallo, cantaba en un a tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo y se le enredaba la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada: era inútil. Los oyentes permanecían callados.

(……) La acompañaban gente importante y entendida.

Pastora, terminó de cantar en medio del silencio. Sólo y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: “! Viva Paris!” , como diciendo: “Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa.”

Entonces La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada como una llorona medieval, y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Barbara.

Tuvo que desgarrar su voz porque sabía que no valían las formas, solo valía el tuétano de las formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su “duende” viniera y se dignara abrazo partido. ¡Y cómo cantó!. Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de San Juan de Juni.(….)

Permitid ahora mi vivencia personal: yo he sentido en mi piel y mis entrañas esa inolvidable vivencia del duende.
Hace muchos años, en una bodega de Valdepeñas, asistiendo “los cabales”, cuando en la noche, subió el diapasón de los sentimientos, un aficionado y buen amigo llamado Anselmo, conocedor de todos los palos del flamenco, pero parco en facultades, se rompió por dentro cantando una “seguirilla” de Fosforito

Hermano de mi alma
ven siéntate a mi vera
porque en estando
tu conmigo
quizas yo no me muera

Yo no le temo a la muerte
morir es natural
lo que le temo
son a las cuentas tan grande que
a mi Dios le he de dar
yo no le temo a la muerte
morir es natural


 Juro que la luz se hizo y habitó entre las tinajas y los empotros y sentí como esos sonidos negros del duende se posaron en mi piel, trastocando mis latidos.